Vuelvo sobre mis pasos pero no sobre los más firmes, sino sobre los temblosos, sobre todo lo que hace que se me erice la piel. Aprieto mis dientes y cierro los ojos para después suspirar profunda y plácidamente, como quien da la primera calada de un pitillo. Todo me dice que no y, sin embargo, lo he vuelto a hacer.
Si, he vuelto a caer. No sé levantarme.

